Procedimiento combinado, a través de un reemplazo quirúrgico en una parte y la colocación de endoprótesis en el resto.

Una paciente de 64 años fue sometida a una intervención en la que se le reemplazó toda la aorta torácica, desde el comienzo, pasando por su porción trasversa, descendente y parte del abdomen. La mujer padecía una enfermedad compleja, cuyo pronóstico en materia de complicaciones suele ser muy severo: aneurisma, es decir, la dilatación de la aorta en más del 50 por ciento de su tamaño. La causa era una alteración genética, es decir, no por aterosclerosis. En su caso, superaba los seis centímetros, lo que obligó a su reemplazo total a través de un procedimiento híbrido que combinó cirugía con procedimiento endovascular, es decir, la apertura de una nueva luz dentro de la aorta con la colocación de una malla metálica cubierta de una tela que se coloca tras una incisión mínima y se autoexpande dentro del organismo. De esta manera, el flujo sanguíneo –hay que agregar que la paciente era hipertensa– ya no corría por las debilitadas paredes de la aorta, sino por los reemplazos (tubos colocados quirúrgicamente y malla por procedimiento endovascular).

Se hicieron dos operaciones en un plazo total de dos semanas y media.

La fase de la colocación de la endoprótesis requiere de anestesia general. Para llegar con las endoprótesis hubo que desconectar las arterias cervicales y colocar by pass para llegar al tubo que se colocó en cirugía.

El espacio que queda entre el forro –la malla metálica– y la pared de la aorta se va trombosando, llenando de coágulos, porque el organismo no tolera espacios vacíos. Es decir, la sangre no entra más en contacto con las paredes de la aorta y se evita así una posible ruptura.

Las endoprótesis o mallas se colocan una dentro de otra, es decir, por imbricación, porque si se dispusiera una a continuación de la otra la presión sanguínea las desplazaría. El proceso involucra la determinación con catéter de los límites dentro de los cuales se pueden colocar las prótesis sin ocluir las ramas arteriales de las vísceras abdominales.

Toda la cavidad aneurismática queda entonces por fuera de las mallas o reemplazadas por tubos.

Era preciso llegar a este procedimiento porque la paciente ya sentía dolor, es decir, la aorta, expandida, ya estaba tocando órganos por la presión de la sangre. El aneurisma de la aorta torácica es una enfermedad indolente, crece muy lentamente, y no da síntomas hasta que no está muy grande y se detecta generalmente en forma casual, por radiografía o, como en este caso, por dolor.

El procedimiento completo fue encabezado por Alberto Canestri, del Departamento de Cirugía Cardiovascular del Instituto Modelo de Cardiología, y por Guillermo Pacheco, del Servicio de Cardiología Intervencionista del mismo Instituto.

Nota publicada en el Diario «La Voz del Interior» (Miércoles 27 de junio/2012)