Análisis de riesgo. El ACV generalmente está precedido de patologías o factores que pueden predisponer a una persona a sufrir un ataque. La hipertensión arterial es la principal causa.

El ataque cerebrovascular se asocia a emergencia y, luego, a un gran trabajo del paciente y del equipo de rehabilitación para la recuperación de funciones perdidas. Sin embargo, también es posible pensar en ACV en términos de prevención, con el abordaje temprano de patologías que puedan precederlo, como la hipertensión arterial, la obesidad, la diabetes o el tabaquismo, consideradas también “factores de riesgo modificables” (tratables) o “evitables” (cuando su presencia depende de hábitos saludables).

“Es importante dejar de llamarlo accidente porque se puede prevenir, el accidente es un imponderable. La palabra accidente hace referencia a fatalidad y el ACV no es una fatalidad”, opina Rafael García Dávila, director del Consejo de Stroke de la Sociedad Argentina de Cardiología (SAC). “ Stroke ” es la denominación utilizada en países de habla inglesa, mientras que en países como España se lo llama “ictus”, término que proviene del latín y significa “golpe” o “ataque”.

La hipertensión arterial (HTA) es el principal factor de riesgo de ACV. Mario Bendersky, coordinador del Departamento de Prevención Cardiovascular del Instituto Modelo de Cardiología, aclara que el tratamiento de la HTA, sobre todo si también involucra un cambio de estilo de vida y un abordaje de otros factores, no reduce el riesgo de sufrir un ACV totalmente, pero sí en un alto porcentaje. “Con la medicina no hemos llegado a poder decir a un hipertenso que ha quedado sin riesgo residual, pero el tratamiento de la hipertensión disminuye mucho el riesgo de ACV, así como de otras complicaciones”, 
afirma.

El profesional recuerda que, según estimaciones, el 90 por ciento de los casos de hipertensión es de origen genético o hereditario y que no existen terapias génicas que puedan hacerla desaparecer, pero que sí 
es posible mantenerla bajo control.

Si una persona tiene padres hipertensos, es recomendable que se controle la tensión desde la infancia. “La carga genética se puede evidenciar hasta en la niñez”, apunta Bendersky, quien también destaca que “en Córdoba, el 50 por ciento de las personas que tienen hipertensión arterial no lo sabe, es un enemigo silencioso”.

En algunos casos, también cabe buscar indicadores de riesgo de que se pueda producir un ACV. Uno de esos indicadores es el endurecimiento y estrechamiento de arterias por placas, es decir, por acumulación de sustancias grasas depositadas y calcificadas.

Esa búsqueda se hace en las carótidas, porque existe un estudio por imágenes incruento que permite detectar esa afección en esa zona. Las arterias carótidas aportan la principal irrigación sanguínea al cerebro y están ubicadas a cada lado del cuello.

Detectar esta anomalía es útil porque la placa puede estrechar progresivamente la arteria carótida o provocar la formación de un coágulo que, si bloquea completamente la arteria, puede causar un ACV.

Cambios en el estilo de vida, tratamientos con medicamentos y hasta procedimientos como la colocación de stent para mantener abierta la arteria, son las opciones en ese caso.

Cuando ya sucedió

Cuando una persona no ha tenido previamente un ACV, todas las acciones tendientes a evitar que lo padezca se denominan “prevención primaria” y en ella participa fundamentalmente el médico clínico o un especialista para tratar alguna patología de base, como la hipertensión. Pero cuando ya existe el antecedente de haber sufrido un ataque cerebrovascular, se realiza lo que se llama “prevención secundaria”.

Haber sufrido un ACV es un factor de riesgo de tener otro. En ese caso, cabe la intervención de otras especialidades médicas. “Cuando el paciente ha tenido ya un infarto cerebral o una hemorragia cerebral debe participar el neurólogo, porque hay algunas condiciones en las que se hace imprescindible. Sobre todo cuando hay malformaciones arteriovenosas, aneurismas, en fin, anomalías o alteraciones estructurales de las arterias del cuello o de la cabeza que puedan llegar a impedir la irrigación sanguínea”, señala José Carlos Losano, miembro del Comité de Contralor de Neurología del Consejo de Médicos de la Provincia de Córdoba.

El neurólogo aclara que es muy importante la presencia de profesionales que puedan identificar el subtipo de ACV. “Puede ser por ejemplo lacunar, relacionado con hipertensión arterial; o un ataque arteriotrombótico, o una cardioembolia y eso ayuda a definir el tratamiento para una prevención secundaria”. Es por ello que, además del clínico, cobra importancia el análisis del caso por cardiólogos, neurólogos o hematólogos, afirma.

Algunas veces, el antecedente es un ataque cerebral isquémico transitorio, esto es, una anomalía en la irrigación sanguínea que aparece y desaparece rápidamente y que suele tener los mismos síntomas que un ataque no transitorio. “En esas situaciones no hay que decir ‘menos mal que no pasó nada’; es justamente cuando hay que ser más activo en la prevención”, destaca Losano.

Riesgo regional

“En América latina, la proporción de accidentes cerebrovasculares hemorrágicos es mayor que en otras regiones del mundo (oscila entre 30 y40%); esto podría ser atribuido al mal control de la presión arterial, que es uno de los principales factores de riesgo para ACV”. Esta afirmación se desprende de un documento elaborado por el Consejo de Stroke de la Sociedad Argentina de Cardiología, que el año próximo actualizará el registro estadístico de casos de ACV.

Por Alejandra Beresovsky