César Serra es uno de los directores y fundadores del Instituto Modelo de Cardiología, pero hasta cuarto año de la Facultad de Medicina dudó de sus condiciones para seguir adelante.

Entró en la habitación que alquilaba en la casa de los Vidal Olmos, en Nueva Córdoba, arrojó la libreta sobre la cama, se cambió de ropa y partió hacia el Correo Central a despachar un telegrama. «Gracias a Dios y a la Virgen, hoy aprobé la última materia», decía el texto del cable que César Serra (79) les envió a sus padres, el 28 de noviembre de 1956.

En el trayecto, que cubrió a pie, entre la Facultad de Medicina de la UNC y su domicilio frente al Buen Pastor, primero, y luego entre la ex cárcel de mujeres y la estafeta principal de la ciudad, ensayó un arqueo de su vida. Pensó en lo feliz que estaría su papá por tener un hijo «doctor». Santiago no había terminado la primaria. Sin embargo, a los 19 años, estudió por correspondencia en las Academias Pitman, se recibió de tenedor de libros y empezó a llevar la contabilidad de Casa Bergero, el más tradicional almacén de ramos generales de San Francisco. Santiago tuvo que vender las palomas mensajeras para comprar el material didáctico y costear gastos.

También se acordó de Ema Rosetto, su mamá, una maestra de «gran vocación, que ejerció la docencia hasta los 70 años», asegura. Ella le transmitió el amor por la lectura y le inoculó, de manera casual, el germen de la medicina. «Un domingo, a la salida de misa, me comentó que aquel hombre que rezaba con mucha devoción había sido ateo y que la muerte de un hijo lo acercó a la Iglesia, donde encontró alivio», evoca Serra.

«Se trataba del doctor Carrá, el médico del pueblo. Mi mamá me dijo que era una persona muy buena porque no les cobraba a los pacientes pobres. Ese comentario me marcó profundamente», comenta el socio fundador y director del Instituto Modelo de Cardiología.

En el recuento del día del triunfo académico, asimismo, valoró el paso por la Escuela José Bernardo Iturraspe y el Colegio Nacional San Martín, donde completó la primaria y se recibió de bachiller, respectivamente. Además, rescató de la memoria la sensación de plenitud que le provocó descubrir a Emilio Salgari leyendo Sandokan, el tigre de la Malasia y Los misterios de la jungla negra , en el mar silencioso de la biblioteca municipal de San Francisco, donde nació el 28 de diciembre de 1932.

En el balance de emociones, registró también los días de carencia en las pensiones de «mala muerte» y las dudas sobre sus condiciones para estudiar Medicina, que lo persiguieron hasta el cuarto año.

«Lo primero que hice cuando entré a la facultad fue irme de boca a ver una operación en el (Hospital) Clínicas. Al rato de estar en ese mundo impregnado de sangre, de barbijos, de tubos de oxígeno, empecé a transpirar frío y sentí que se me aflojaban las piernas y me faltaba el aire, así que me fui porque no soportaba más el espectáculo», relata en tono de leve dramatismo y gesticulando con las manos. «No le conté a nadie lo que me pasaba. Guardé el secreto hasta cuarto año y durante ese tiempo me torturó la duda sobre si el hecho de no poder ver sangre sería o no un impedimento para ser médico».

– ¿Cómo y cuándo resolvió el dilema?

– En quinto año, cuando empecé la segunda mitad de la carrera, me anoté un verano en el Urgencias. En aquella época, ese hospital público funcionaba en la calle Santa Rosa. Ahí me di cuenta de que podía hacer otras maniobras quirúrgicas y hasta operé seis apéndices e hice varios «raspajes» a mujeres que se habían provocado abortos. Así me saqué el complejo. Recuerdo que salía de la guardia a la 6 de la mañana y me iba silbando, contento, por la avenida General Paz, hasta la casa donde vivía. La experiencia también me sirvió para comprobar que no tenía habilidad quirúrgica para nada.

Después de la residencia en los hospitales Rawson y Córdoba, y de colaborar como docente en las cátedras de Ignacio Maldonado Allende y Marcelino Rusculleda, partió para Francia con un bolso lleno de ilusiones. Vivió un año en la ciudad universitaria de París y luego continuó estudios de posgrado en México y Brasil, entre otros destinos. En el Instituto Nacional de Cardiología, de la capital azteca, se formó y especializó en la técnica de coronariografía. Esta se trata de un proceso de diagnóstico por imagen cuya función es el estudio de los vasos que nutren el miocardio y que no son visibles mediante la radiología convencional. Allá también nació el deseo de replicar en Córdoba un centro de referencia en cardiología.

El sueño del pibe

Junto a los colegas José Sala y Carlos Balestrini, fundó hace 36 años el Instituto Modelo de Cardiología (IMC), «que si bien es legalmente privado, su espíritu estuvo, está y estará abocado a ofrecer la mejor asistencia médica posible sobre cualquier otro objetivo», destaca.

«Los tres directores sentimos orgullo de haber vivido todo este tiempo de un sueldo. Nunca hubo reparto de utili­dades y eso sigue siendo así», asegura.

«El IMC es el sueño del pibe hecho realidad y testimonio de que ningún desafío es imposible de lograr cuando se lo acomete con amor, pasión y dedicación», sentencia.

Serra reconoce que Norma Clide Medialdea, su esposa desde hace más de medio siglo, ha sido un puntal fundamental en su vida.

– ¿Cómo se definiría?

– Soy un idealista con intención de ser buen cristiano.

* Prof. Dr. César Serra
Nota publicada en el Diario «La Voz del Interior» (Martes 24 de abril/2012)

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